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La vaina con las comunicaciones

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Hasta cuando no decimos nada, estamos comunicando. Todos hemos recibido un «está bien» que nos deja pensando que nada está bien. O hemos dicho «no me pasa nada» con una cara que cuenta una historia completamente distinta. Y ni hablar de un mensaje que dejamos en visto. Uno sigue con su día, mientras del otro…

Hasta cuando no decimos nada, estamos comunicando.

Todos hemos recibido un «está bien» que nos deja pensando que nada está bien. O hemos dicho «no me pasa nada» con una cara que cuenta una historia completamente distinta.

Y ni hablar de un mensaje que dejamos en visto. Uno sigue con su día, mientras del otro lado quizás ya están tratando de descifrar qué pasó.

Esa es la vaina con las comunicaciones: están metidas en todo.

Cuando hablamos de este tema, solemos pensar en radio, televisión, periódicos o redes sociales. Pero la comunicación también está en cómo saludamos, cómo pedimos un favor y cómo reaccionamos cuando alguien nos dice algo que no queremos escuchar.

En relaciones públicas prestamos mucha atención a los mensajes. Qué decir, cómo decirlo y cuándo hacerlo. Pero hay algo que merece el mismo cuidado: lo que hacemos después de hablar.

Podemos escribir el mensaje más bonito del mundo y echarlo a perder con el trato que damos.

Esto tiene una explicación. Paul Watzlawick, Janet Beavin y Don Jackson plantearon un principio de la comunicación humana: «es imposible no comunicar». Es decir, cuando nos relacionamos con otros, nuestras palabras, nuestros gestos y hasta nuestros silencios tienen valor de mensaje. Por eso solemos resumirlo diciendo que «todo comunica».

Piénsalo. Llegas a un negocio, dices «buenos días» y nadie responde. Todavía no has comprado nada, pero ya te llevaste una impresión. Una empresa asegura que sus clientes son su prioridad, pero conseguir ayuda parece una misión imposible. El anuncio dice una cosa; la experiencia te cuenta otra.

Lo mismo nos pasa en la vida diaria. Decimos «cuenta conmigo», pero nunca tenemos tiempo. Pedimos que nos hablen claro, pero nos molestamos cuando lo hacen. Queremos que nos escuchen, aunque a veces estamos tan pendientes de responder que apenas prestamos atención.

Sin darnos cuenta, también comunicamos con esas contradicciones.

Ahora bien, tampoco podemos andar por la vida creyendo que sabemos lo que significa cada gesto. Alguien puede estar callado porque está cansado, preocupado o pensando qué decir. Un mensaje sin contestar no siempre es una declaración de guerra.

Preguntar sigue siendo mejor que montarnos una película completa en la cabeza.

Para mí, ahí está una parte importante de comunicar bien: escuchar y dar espacio para que la otra persona se explique. Una comunicación participativa necesita que ambos puedan aportar y sentirse tomados en cuenta. Si pedimos opiniones, algo tenemos que hacer con ellas.

En las redes sociales esto se nos puede olvidar. Publicamos, compartimos y seguimos de largo. Pero tener mucho contenido no significa que estemos conectando con la gente. También cuenta cómo respondemos una duda, recibimos una crítica o reconocemos un error.

Desde las relaciones públicas, veo la confianza como algo que se trabaja en esos detalles. Cumplir lo prometido. Explicar con claridad. Atender una preocupación sin hacer sentir a la persona que está molestando. Son cosas sencillas de decir que requieren constancia para hacerlas.

No hace falta usar palabras complicadas para comunicar bien. Hace falta pensar en quien nos escucha o nos lee. Dar contexto, ir al punto y comprobar si nos entendimos puede evitar muchos problemas.

Quizás el primer paso sea prestar un poco más de atención a cómo nos relacionamos todos los días. Al tono, al gesto, a la respuesta y a ese silencio que a veces dejamos para que el otro lo interprete como pueda.

Porque esa es la vaina: uno puede terminar de hablar, pero sigue comunicando.

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