En un mundo donde cada día se siente como una lista interminable de tareas por hacer, donde muchos miden el éxito por resultados inmediatos y donde incluso ver una serie se convierte en una misión imposible… hay películas que simplemente te invitan a respirar. A pausar. A mirar. A relajarte.
Estoy en un punto de mi vida (wao, qué maduro se debe escuchar eso), en el que me aplico un dicho: “La vida más sencilla”. No busco cosas extravagantes (aunque si llegan, son bienvenidas), pero lo que quiero es disfrutar el viaje hasta que las canas cubran por completo mi pelo. Como decía Héctor Marcano en su programa: “De la casa al trabajo, del trabajo a la casa”.
No quiero llamarlo conformismo —quien me conoce sabe que nunca estoy conforme—, sino más bien adoptar una vida simple, sencilla, llena de amor y de compartir con esas personas que más quiero. En ese viaje, llegó a mi mente la película The Secret Life of Walter Mitty.
Es de esas películas que no solo destacan… se sienten como una palmadita suave en el hombro. Como un: “Ey, tranquilo. Tú también estás vivo”.
Saqué el poskón, subí el reclinable, prendí la TV y volví a ver esta semana esa película. En teoría, iba a trabajar. En la práctica, terminé viendo a Ben Stiller (quien además dirige la película) perderse en su propia cabeza, para luego encontrarse —y encontrarnos— en un viaje que no tiene grandes explosiones ni escenas épicas, pero sí una verdad: que la vida no tiene que ser extraordinaria para ser profundamente significativa. Súper acorde con mi «nuevo» pensamiento de vivir la vida.
¿Quién es Walter Mitty?

Walter (Ben Stiller) es un tipo común. Muy común. Tan común que es genérico (como me dice Cindy). Vive en su rutina, trabaja en una oficina, evita conflictos, y mientras todos publican sus vidas en redes (ok, eso es una analogía moderna), él se escapa en su mente. Fantasea con ser un aventurero, un conquistador de lo imposible. De sus sueños.
Y aunque al principio uno lo ve como alguien que simplemente es un “soñador”, Mitty es también un retrato de lo que se conoce como el síndrome de Walter Mitty.
Este síndrome tomó auge en diversos blogs, revistas y hasta espacios profesionales. Se describe como una condición no clínica en la que las personas se refugian constantemente en su imaginación como forma de evasión. No es una enfermedad ni un diagnóstico oficial, pero sí un espejo que nos devuelve una imagen que, admitámoslo, muchos reconocemos.
En palabras más sencillas: el síndrome de Walter Mitty está relacionado con cómo las personas usan la fantasía para escapar de sus vidas normales.
Porque… ¿quién no ha querido ser otro por un rato? ¿Quién no se ha ido en el viaje de pensar cómo sería todo si…? ¿Quién no se ha sentido invisible en medio de una sala llena de gente brillante, carismática y segura de sí misma?
No pasa “nada”, pero eso lo cambia todo

Para mí, esta película es brillante. Nada de lo que ocurre es realmente espectacular si lo escribes en una sinopsis o resumen: Walter pierde un negativo fotográfico muy importante y decide buscar al fotógrafo para recuperarlo, lo que lo lleva a viajar a Groenlandia, Islandia, el Himalaya… y eventualmente a sí mismo (literalmente).
Cada vez que vuelvo a esta película, no estoy ahí por la trama. Estoy ahí por los silencios. Por las caminatas. Por los paisajes que te dan ganas de mudarte. Por la escena donde corre en skate bajando una cuesta al ritmo de Far Away, de Junip. Yo estoy ahí por todo lo que no se dice.
Mientras él (Mitty) busca, tú también empiezas a buscar. No sabes qué, pero hay algo. Esa cosa que olvidaste cuando entraste en piloto automático hace años. Esa idea de que la vida podía ser distinta, más sencilla, más curiosa, más viva.
Lo cotidiano y su contraste

La mayoría de nuestros días no son viajes a Islandia. Son emails sin leer. Tapones. Adulting. Cuentas por pagar, poco sueldo… Días en los que te preguntas si estás avanzando o solo estás…-funcionando-. Sobreviviendo.
Y ahí entra Walter. Con su silencio. Con su torpeza. Con su valentía tímida. Nos recuerda que, a veces, el cambio no llega con un gran grito, sino con una decisión pequeña. Que, a veces, solo hace falta decir “sí” más veces, caminar hacia algo o alguien, aunque no sepamos exactamente qué o quién.
En este tiempo se glorifica el “hustle”, el ruido, el logro inmediato. Pero Walter Mitty propone otra cosa, una idea que vale más: que el valor puede estar en el momento presente, en lo simple, en mirar una foto con calma, en escuchar a alguien —o a todos—, en dejar que algo nos lleve, aunque no sepamos exactamente por qué ni a dónde.
La belleza del camino

Lo que más me gusta de esta película es que no tiene prisa. No corre. No trata de impresionarte. Solo nos acompaña, paso a paso, escena a escena. Y lo hace tan bien que, cuando termina, no te deja una respuesta… pero sí muchas preguntas hermosas.
Ese tipo de cine —y de vida— es reconfortante. Porque no todo lo que vale se puede explicar. Hay películas que no recordamos por su final, sino por cómo nos acompañaron en el camino. The Secret Life of Walter Mitty es una de ellas.
¿Qué aprendí?
- Que no necesitas tener un plan perfecto para moverte.
- Que soñar despierto está bien… pero que también se puede vivir despierto.
- Que a veces el miedo no desaparece, pero tú decides avanzar con él de la mano.
- Y que lo cotidiano también puede ser extraordinario, si aprendemos a mirar diferente.
Gracias por darte la vuelta por aquí. Nos seguimos leyendo.


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